La increíble historia del argentino que terminó último en el Dakar 2014

Se tratra de Eugenio Favre que padeció tantos problemas desde el comienzo que los fanáticos del rally comenzaron a alentarlo por Twitter con el hashtag #FuerzaFavre. No durmió, manejó sin luz, sin ruedas, hasta casi lo meten preso en la frontera boliviana

En un ámbito convencional, podría decirse que estaría envuelto por la figura del antihéroe. Aquellos personajes a los que parece que todo les sale mal, que a la luz de los registros no pueden si quiera competir con el penúltimo. Centenares de películas se basaron sobre esas historias para acceder a la comedia. Sin embargo, en el Dakar, la perspectiva se modifica rotundamente. Aparecen los valores, la fuerza de voluntad, el espíritu de superación. Los tiempos son anecdóticos y las vivencias personales superan cualquier logro deportivo.

Eugenio “Rosco” Favre fue el último de la fila. Literalmente. Con un cuatriciclo armado por el cordobés Daniel Mazzuco, cerró la fila de vehículos del Dakar 2014. Terminó con un registro de 144h48m20s, a una diferencia de 73h20m18s del ganador, el chileno Ignacio Casale. Justo el doble de tiempo. “Casale larga un Dakar y vos llegás al siguiente”, bromeaban a su alrededor. Pero Favre, oriundo de Pigüé, provincia de Buenos Aires, no se rindió. Fue para adelante cuando todas las señales le indicaban que debía detenerse. Pero con fuerza de voluntad continuó y se llevó el mejor premio: pisó la llegada de Valparaíso.

“Yo no vine para ganar el Dakar. Vine para ganarle al Dakar”, sostuvo Eugenio, que padeció tantos problemas desde el comienzo que los fanáticos del Dakar comenzaron a alentarlo por Twitter con el hashtag #FuerzaFavre. Claro, los inconvenientes se multiplicaban. No dormía, manejaba sin luz, sin ruedas, hasta casi lo meten preso en la frontera boliviana.

Las complicaciones aparecieron desde el comienzo. Y en el Dakar, los problemas se acumulan. “Fue muy duro desde el principio. Entonces, al llegar muy tarde, te queda muy poco tiempo para descansar y arreglar el cuatri. En promedio, habré dormido menos de 3 horas por día”, comentó exhausto, pero sumamente feliz. “¿Si debí abandonar? Y, tenía tres oportunidades por día para tirar la toalla. Casi 40 veces estuve para dejar el Dakar. Pero no me venció”, dijo, orgulloso.

Cuando comienza a enumerar los traspiés que padeció durante el desarrollo de la carrera, los relata como una seguidilla guionada. Es cierto, parece una película. A veces, cómica. Por momentos, dramática. “Por lo general tuve problemas eléctricos y de suspensión, los más habituales. Lo peor era cuando me agarraba la noche y tenía que seguir, pero es muy difícil, porque con la luz artificial no se distinguen los desniveles y se hace muy peligroso”, comentó, tan cansado como apasionado por sus aventuras.

Pero en Bolivia vivió las mayores anécdotas. Marchaba tan retrasado que el camión barredor de la organización, el que chequea los caminos, lo perseguía de cerca. Si lo supera, queda fuera de la carrera. “Venía muy herido. Me metí en un pueblito a reparar el cuatri y les pedí a unos chicos que me avisaran si venía un monstruo gigante, que me estaba siguiendo por el GPS. Estaba terminando y apareció el camión barredor. «Corré que te lleva el monstruo», me gritaron los nenes, y salí”, recordó, casi con emoción.

“Luego se me salió una rueda, a lo que tuve que atar un fierro y llevé el cuatriciclo a modo de trineo. Me metí en un pueblito y compré un reflector minero. La verdad, para estas historias puede quedar muy lindo decir que uno corrió a la luz de la luna. Hasta suena romántico, pero es más peligroso que la m.”, relató con ganas, abriendo los ojos grandes y que luego quedaban a media persiana por el cansancio acumulado.

No todo el protagonismo lo llevaba el inconveniente mecánico. En la frontera boliviana rumbo a Chile, casi quedó detenido: “Llegué tan tarde a la aduana boliviana que no había nadie. En realidad, estaban durmiendo y no había forma de que salieran. Ya estaba por alcanzarme la madrugada. Como no había forma, pateé los autos que estaban estacionados, para que sonaran las alarmas. Por supuesto que no salieron con el mejor humor. Me amenazaron con que tenía que ir preso y la discusión se hizo eterna. A la mañana siguiente llegué al vivac de Calama y al ratito salí para la etapa siguiente”.

Cansado, con el cuatriciclo a cuestas y con un registro que puede acumular dos Dakar, Eugenio Favre se lleva la medalla que vino a conquistar. “Estaba cada vez más cerca y parecía que estaba cada vez más lejos”, confesó. Parece que no le ganó a nadie, pero venció a su gran rival: el Dakar. Se demostró a sí mismo que los sueños son alcanzables y que la fuerza de voluntad todo lo puede. Pese a todo.

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