Rosario, la ciudad del silencio y el miedo

Por Germán de los Santos

Las dos ráfagas de ametralladora dejaron enmudecidos al matrimonio cuando conversaba en la sobremesa. Eran cerca de las 23, y el rocío caía espeso sobre la calle Lamadrid, que estaba desierta en el barrio Saladillo de Rosario. Unos segundos después, y en un solo movimiento, como si se desplomaran, Luján y su marido se tiraron al piso del comedor.

Cinco balas atravesaron la puerta, y zumbaron cerca de sus cabezas. Otros seis disparos se incrustaron en la pared blanca del frente. Y no lograron entrar al dormitorio donde dormían sus hijos de 7 y 9 años, que esa noche no pudieron pegar un ojo; Luján lloraba sin saber por qué les habían disparado aquella noche del 18 de julio pasado.

Se habían mudado hacía tres meses a esa casa a la que pintaron las paredes de blanco y las aberturas de rojo para darle un aire renovado. Al otro día, Luján contó que la policía le dijo que “no podía hacer nada” y que “se trató de un error”. Los pocos vecinos que salieron a ver qué pasaba no contribuyeron a sacarles el miedo impregnado aquella noche, atravesada por el terror de que los sicarios volvieran. Porque esa era la pregunta que dejaba a la familia insomne. ¿Volverán? “Hay que acostumbrarse”, repetía Andrés, un jubilado del frigorífico Swift. Los tiros son una música nocturna.

Hace dos meses escucharon ese sonido de ametralladoras a la vuelta, en la calle Dinamarca, cuando tres hombres acribillaron a Cristian Reinoso de 35 tiros, mientras trataba de escapar en medio de la oscuridad. Con él no habían cometido un “error”. Lo buscaban desde hacía tiempo, según la policía.

En barrios del sur como La Granada, donde vivía el Pájaro Cantero, dos clanes se disputan el control del narcotráfico; los habitantes debieron acostumbrarse a los tiroteos
En barrios del sur como La Granada, donde vivía el Pájaro Cantero, dos clanes se disputan el control del narcotráfico; los habitantes debieron acostumbrarse a los tiroteos Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Era conocido por su apodo de Moco, y por sus viejas amistades pesadas. Formó parte del círculo íntimo de Claudio Cantero, alias Pájaro, el líder de Los Monos asesinado el 26 de mayo de 2013. Con este tipo de raid de venganzas por su crimen, Los Monos impusieron este mecanismo asesino que luego absorbieron otras bandas menos poderosas.

El miedo tiene el poder desde hace tiempo. Es intenso y primitivo, y busca retener el control con las balas que se incrustan en las paredes y suenan por las noches en esta ciudad. Forman parte de un lenguaje. Si los tiros impactan en una fachada, el tiempo de los ocupantes de la casa se acorta para huir en silencio, sin explicaciones. No importa quién sea el destinatario. La casa pasa a ser patrimonio de los narcos, que la usan para vender droga, como aguantadero o para guardar armas. En barrio Municipal el Ministerio Público de la Acusación recuperó 24 departamentos usurpados por los clanes narco.

Las palabras, los argumentos, son innecesarias. Porque los disparos dicen todo, y son el prólogo de algo más intenso: la muerte. A veces, el mecanismo se precipita y falla. Y deja esquirlas trágicas, como el 4 de julio pasado, cuando los disparos contra una casa en el norte de Rosario mataron a Maite, de 5 años. Una bala le atravesó el pómulo y salió por su nuca, mientras miraba televisión en un sofá con sus dos hermanitos.

Se sospecha que los atacantes fueron soldaditos comandados por Emanuel Sandoval, un joven que tiene en su historial criminal haber disparado 21 balazos contra la casa del entonces gobernador Antonio Bonfatti el 11 de octubre de 2013

Policías frente a una casa baleada en junio, en un atentado contra la familia del juez Juan Carlos Vienna, que había investigado en un principio a Los Monos
Policías frente a una casa baleada en junio, en un atentado contra la familia del juez Juan Carlos Vienna, que había investigado en un principio a Los Monos Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Ema Pimpi quedó en libertad tras sellar un acuerdo de juicio abreviado y el caso nunca se terminó de investigar a fondo, para dilucidar quién envió a este soldadito a disparar contra el gobernador. Gracias al cerco de impunidad que lo rodea se transformó en un narco pesado, que disputa armado con ametralladoras territorio para la venta de drogas en el norte de Rosario. Uno de sus proveedores de esa zona era Delfín Zacarías, condenado a 16 años de prisión el 4 de julio pasado. Manejaba con sus hijos y su esposa uno de los laboratorios de cocaína más grandes del país, con capacidad para producir 500 kilos de droga por mes, en una mansión en un country de las afueras de Rosario.

“Lo peor que nos puede pasar como sociedad es naturalizar esta violencia que por goteo nos va desintegrando, y nos endurece, con ese discurso de que los narcos se matan entre ellos, algo que no es cierto. La violencia nos afecta a todos por igual”, señala el empresario Enrique Bertini, una de las voces más agudas y reflexivas. Su hijo Mariano, de 22 años, fue asesinado mientras abría el portón de la cochera a su padre.

En los últimos cinco años se apilan 1213 historias de asesinatos, en un clima estable de violencia derramada del narcotráfico que consiguió naturalizar la muerte en Rosario a partir de 2013, cuando estalló el problema. Suman 3174 los heridos atendidos en los hospitales públicos con heridas de arma de fuego.

El mercado negro que alimenta a los narcos con armas cada vez más pesadas parece fantasmal, y nunca fue identificado por la Justicia ni la policía, que, según se sospecha, es el proveedor principal.

La usurpación se impuso luego de que las bandas empezaron a rotar los lugares de expendio fijos, como era este búnker
La usurpación se impuso luego de que las bandas empezaron a rotar los lugares de expendio fijos, como era este búnker Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

En lo que va del año, nueve de cada diez homicidios en Rosario fueron cometidos con armas de fuego, un porcentaje que está muy por encima de la media nacional. En la mayoría de los casos, los sicarios usan las catalogadas como armas de guerra, es decir, de alto calibre y poder de fuego. Por el tipo de ataques que suelen cometer, lo usual es el uso de armas de puño, aunque preocupa a las autoridades el reciente uso de fusiles de asalto en los tiroteos.

Una de las marcas en el tiempo que inauguró ese capítulo de crímenes ejecutados por sicarios a plena luz del día ocurrió el 8 setiembre de 2012. En la escena, en el centro de Rosario, aparecían un BMW Z4 flamante, que había sido retirado de la concesionaria hacía unas horas. Dentro del auto yacía el cuerpo acribillado de Martín Paz, alias Fantasma, y a su lado y sin un rasguño su esposa, quebrada en llantos con su bebé en brazos.

En la vereda, mientras la policía cercaba la zona para hacer los peritajes, estaba parado, como espectador, quien se sospecha encargó el crimen, Claudio Cantero, conocido como Pájaro, el líder de Los Monos. Él fue asesinado siete meses después.

A partir de ese momento, con los disparos como guía, se impuso un método de eliminación dentro de la geografía de Rosario. El oficio de matar a cambio de dinero transformó el esquema de funcionamiento del crimen organizado. La muerte tiene un sentido claro: eliminar a un competidor del negocio, callar a un testigo o pagar una traición. Nada ni nadie parece poder contenerlo.

Un operativo de 2013 en una cocina de cocaína del sur de la ciudad
Un operativo de 2013 en una cocina de cocaína del sur de la ciudad Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Desde abril de 2014 conviven de forma intermitente unos 3000 efectivos de fuerzas federales y 5000 policías. El éxito entusiasma a los funcionarios cuando hay espasmos de tranquilidad aparente. En 2017 la estadística de crímenes bajó un 25 por ciento, pero la crisis de seguridad volvió a encenderse a partir de enero pasado. Este año se cometieron 116 homicidios.

El miedo traspasó un límite inesperado el 29 de mayo pasado, cuando se iniciaron los ataques contra jueces, familiares de los funcionarios judiciales e investigadores. Rafael Gutiérrez, presidente de la Corte Suprema de Santa Fe, señaló que “por primera vez desde la etapa democrática hay un plan sistemático para atentar contra funcionarios de la Justicia”.

Los ataques se produjeron horas después de que la Justicia Federal autorizara el traslado de Máximo Ariel Cantero, alias Guille, líder de Los Monos, a una cárcel federal. Esa madrugada, en medio de la convulsión que generaron los atentados, Guille fue enviado con una fuerte custodia de Gendarmería a la Unidad Penal Federal N°7 de Resistencia, Chaco.

Brisa Amaral, junto al cuerpo de su novio, Jonathan Funes, asesinado el 5 de febrero último
Brisa Amaral, junto al cuerpo de su novio, Jonathan Funes, asesinado el 5 de febrero último Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

El juez Ismael Manfrín, quien integró el tribunal que condenó a la banda de Los Monos en abril pasado, fue la primera víctima de esta escalada. Cuando Lionel Messi anotó el 29 de mayo el primer gol contra Haití en el Monumental, en la despedida de cara al Mundial, los tiros resonaron con fuerza en Italia al 2100, en una casa que el magistrado y su familia habían vendido 45 días antes. La propiedad está ubicada a 30 metros de la Comisaría 5°. Los policías persiguieron a los atacantes, que se movían en una moto, pero los perdieron a las tres cuadras, muy cerca del Parque de la Independencia.

Media hora después, se produjo otro atentado a balazos en un edificio de Montevideo al 1000, donde el magistrado vivió hasta 2010. El miedo y la desesperación se apoderó del entorno del juez, que prefirió excusarse en la causa de Los Monos, una decisión que desató críticas dentro del Poder Judicial.

Los ataques se viralizaron. Los disparos también impactaron en el frente de la casa de la exmujer del juez Juan Carlos Vienna, quien investigó en un principio a la banda en el expediente 913/12. En un comienzo, desde el Ministerio de Seguridad de Santa Fe plantearon sus dudas sobre si el ataque estaba dirigido al magistrado. Pero esa incertidumbre se disipó al otro día, cuando desde un auto hicieron una ráfaga de disparos contra el frente del domicilio del padre del juez, que se llama igual que el funcionario.

Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Una de las balas perforó la puerta de entrada y se incrustó en una columna del comedor. Pasó a centímetros de la cabeza del progenitor del magistrado y rompió un jarrón. “Quieren avisarle a mi hijo que todavía están vivos”, reconoció Juan Carlos con tono cansino, sin mostrar fisuras. Tres semanas después, dos hombres volvieron a pasar en moto y dispararon contra el patrullero que custodiaba su casa. Tampoco los pudieron atrapar.

Dos días más tarde, fue atacado Luis Quebertoque, uno de los investigadores judiciales que persiguió a los Cantero, mientras que su compañero Ariel Lotito sufrió, el 30 de junio pasado, el mismo tipo de intimidación. Cinco días después apareció dentro de la puerta giratoria de los Tribunales una caja, en cuyo interior había un pollo, dos bananas y seis claveles. Aunque esa caja parecía una instalación de arte contemporáneo, cada elemento tenía un sentido. Ese día un tribunal confirmó la apelación contra Luis Bassi, alias Pollo, y sus dos lugartenientes, del crimen de Pájaro Cantero.

El miedo irradió de manera intensa en los tribunales de Rosario después de los ataques. El sábado 4 de agosto el blanco de los balazos fue el Centro de Justicia Penal y le siguió una semana después otro ataque a un edificio judicial, como la sede del Ministerio Público de la Acusación. Se produjeron 14 atentados desde que comenzó la ola de ataques contra jueces y funcionarios del Poder Judicial. El gobernador Miguel Lifschitz advirtió que estaba en juego la institucionalidad. Una banda que opera desde la cárcel pone contra las cuerdas a un gobierno.

Una de las opciones que se barajan es que el gobierno de Santa Fe le preste el nuevo edificio del Centro Penal de Justicia, donde los líderes Ramón Machuca y su hermanastro Guille Cantero fueron condenados, en abril, a 37 y a 22 años de prisión, respectivamente.

Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

UNA NUEVA GENERACIÓN

Los Monos mandan desde la cárcel y aparecen nuevos jugadores en la geografía narco, que nunca deja espacios vacíos. Todo tiene una continuidad. Los investigadores judiciales observan que su asociación con la banda de La Tablada que lidera el clan Caminos, que a su vez gobernaron la barra de Newell’s por una década y media.

En el verano recrudeció la guerra entre los clanes Funes y Caminos, que peleaban por la hegemonía de los barrios La Tablada, República de la Sexta y Municipal, donde se construyó en la década del 80 el complejo Fonavi más grande de la Argentina, donde viven 55.000 personas, que estos jóvenes tomaron como propio. Es el sitio ideal para librar una guerra, repleto de escondites, y tugurios, con vecinos aterrados que aprendieron con los años a mantenerse callados.

En invierno se agudizó otra disputa con raíz narco en el otro extremo, en el norte, en la localidad vecina a Rosario que se llama Capitán Bermúdez. Allí, muy cerca del río Paraná y de los puertos donde se exporta el 85 por ciento de la soja que produce la Argentina, dos bandas como Los González y Los Ríos se baten a balazos casi todas las noches, luego de que fuera herido de muerte Juanse Ríos, el 28 de junio, cuando descansaba en su casa del barrio Copello. En el medio de esta saga quedó la concejala radical Vilma Paulini, cuyo auto recibió dos balazos mientras estas bandas se disparaban en plena calle a mediados de julio.

Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Son bandas conformadas por jóvenes posmillennials, muchos de ellos nacidos y criados con autos importados y pistolas 9 milímetros en un clima de violencia extrema, atravesada por el consumo y la venta de droga, en un barrio como el Municipal, donde solo con ver el color de sus paredes se sabe quién manda desde hace 30 años: la barra de Newell’s.

Esta nueva generación de delincuentes muy jóvenes y violentos tiene otra matriz que sus antecesores. No vivieron en la pobreza, ni la marginación. Andaban con las armas y los autos de alta gama de sus padres. La herencia generacional era seguir siendo el más malo del barrio. Y nadie cortó el hilo de la historia. Lautaro Funes, el hermano de Alan, declaró en la Justicia que en 2012, cuando tenía 12 años, miembros del clan rival, de los Caminos, le exigían ser sus sicarios.

La generación anterior, la de los padres de Alan Funes y Alexis Caminos, era gente pesada. Jorge Funes era un pirata del asfalto, que como muchos en esta geografía del delito se tentó con la expansión de la frontera de las drogas, y terminó procesado por narcotráfico.

Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

“Hemos investigado en algunos barrios de Rosario, donde se da una situación de desamparo social, simbólica, tutelar y cultural, que la aparición del narco se transforma en un espejo en el que se reflejan profundos deseos. Se refleja una vida rumbosa, con acceso al dinero, a coches y a mujeres atractivas, que cala en los deseos de los pibes”, reflexionó el psicólogo Horacio Tabares, director de Vínculo, autor del libro Drogas. Debate sobre políticas públicas.

La historia de Jorgelina Selerpe, novia de Alan, ambos procesados por asociación ilícita y tráfico de drogas, se ajusta a ese perfil. Chipi, como la llaman, es la tercera generación Selerpe en el narcotráfico. Su abuelo Froilán y su padre Jorge, conocido como El Negro en La Tablada, fueron pioneros en la instalación de las primeras cocinas de cocaína en Rosario. Allí trabajaba su tío Domingo y también Rosa, la madre de Chipi. Jorgelina se crio entre olores fuertes, que emanaban los bidones de ácidos clorhídrico y sulfúrico, éter y acetona, los precursores químicos que usaban en casa de su abuelo para transformar en cocaína la pasta base que les traían de Salta. Ese laboratorio clandestino fue allanado en 2010 por orden del juez Marcelo Bailaque y encontraron 20 kilos de cocaína. Unos meses más tarde, terminó muerto en un infernal tiroteo el tío de Chipi, y también los dos sicarios que fueron a silenciarlo.

Brisa Amaral se transformó en un santiamén en una jefa narco, sin premeditarlo. Se endureció en pocas horas. Con apenas 18 años, cargó sobre sus espaldas el recuerdo fresco del cuerpo de su novio, Jonathan Funes, acribillado a balazos el 5 de febrero pasado.

Su amor expiró esa tarde de calor furioso en la ruta A012, a unos metros de la cárcel de Piñero, a 25 kilómetros de Rosario. Quedó retratada en esa escena dramática, en la que se observó a la chica junto al cadáver de su pareja, quebrada en llanto, vestida con un short de jean, una remera azul y sandalias negras.

Al lado brillaba el Audi A3 negro. Los sicarios que ejecutaron a Jonathan decidieron dejarla viva. Subestimaron su carácter. Unos días después, a Brisa le dispararon desde un auto, cuando iba al velorio de su novio.

Brisa no se paralizó tras la pérdida. Sus cuñados, Lautaro y Alan, están presos, aunque son quienes le daban órdenes desde la cárcel con sus teléfonos celulares. Desde su calabozo, Alan le recomendó el 25 de febrero que buscara “el caño (pistola) con silenciador” -según las escuchas telefónicas de la causa- y que le dijera a Leo (uno de los sicarios) que “le dé a Iván, que se está pasando de listo”. Después, ella se encargó de buscar las ametralladoras, según las escuchas, “la metra”, como le dicen en las conversaciones.

El fiscal de Homicidios Luis Schiappa Pietra tiene tres casos de asesinatos en el barrio Municipal, escenario de la batalla entre los dos clanes familiares de Los Funes y Los Caminos. En ningún caso logró tener un testigo de peso que declare qué fue lo que ocurrió con esas muertes. “Olvídese, doctor”, escucha cada vez más seguido el fiscal de boca de familiares de las víctimas cuando arriba a la escena de un crimen. Lo que se desprende es el miedo a testificar, que muchas veces conlleva una nueva condena a muerte, a la necesidad extrema de vengar por sus propios medios ese asesinato. Así la rueda de una violencia visceral y endémica sigue girando con nuevas víctimas y victimarios.

Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

UN COMPLEJO DE VIVIENDAS, EN RECUPERACIÓN

A principios de enero, una vecina del Fonavi de barrio Municipal, en la zona sur de Rosario, recibió una nota que tiraron debajo de la puerta de su departamento. “O te vas por las buenas, o te vas por las malas, te llamás un flete, te llevás las cosas o te cagamos a tiros esta noche”, decía el mensaje escrito con birome azul. Cumpi, un chico de 13 años, armado con una pistola 9 milímetros, fue el autor del texto. Horas después, la inquilina del departamento huyó despavorida. Sabía que ese niño armado no tenía piedad. Al otro día la mujer se vio obligada a retornar al departamento para buscar sus muebles y pertenencias.

En ese momento, Cumpi reapareció en el edificio. Y su advertencia, según declaró la mujer en Tribunales, fue más intensa. El joven le apuntó con su arma a su hija de 4 años. Con el caño de la pistola en la cabeza de la pequeña, insistió: “Te agarra la noche y te mato, así que apurate”.

El clan Funes se quedó con su casa, que utilizó como aguantadero y escondite, y para guardar armas y drogas. Cumpi era uno de los miembros más jóvenes del clan, y vivía con Mónica H. y Brian, madre y hermano de Carlos Fernández, uno de los lugartenientes de esta banda, que como Cumpi empezó desde pequeño en este rubro violento. La historia de este chico es parecida a la de Pelo Duro, como le dicen a Fernández, actualmente detenido en la cárcel de Piñero, que comenzó su raid delictivo a los 15 años, cuando en 2006 lo detuvieron nueve veces.

Cumpi y sus dos cómplices fueron detenidos luego de que más de 200 efectivos realizaran 24 allanamientos en ese Fonavi. Ese complejo de departamentos de construido en los años 80 es el más grande del país: allí viven 55.000 personas, asediadas por los Funes y los Caminos.

En un trabajo que realiza el Ministerio Público de la Acusación y el plan Abre Familia del gobierno de Santa Fe se empezó a recuperar una parte del Fonavi, tras la detención de gran parte de los líderes, en enero y febrero. El lugar había sido tomado por estas bandas. En las paredes se leen los mensajes, los homenajes a los caídos, y las amenazas. El grado de dominio de estos grupos fue tal que tomaron el destacamento policial, que nunca más fue recuperado.

Esta metodología de usurpación de viviendas se impuso en Rosario en los últimos años, luego de que las bandas de narcomenudeo empezaron a rotar los lugares de expendio fijos, como era el búnker, un reducto blindado, a prueba de balas, atendido por menores de edad.

Con el retorno de las fuerzas federales en 2016, los lugares de venta cambiaron con mayor rapidez y estas bandas dedicadas al narcomenudeo no tienen la logística para construir búnkeres con tanta rapidez. Como alternativa surgió el método de usurpación por medio de la violencia.

Una trabajadora social del municipio en ese barrio explica cómo se quedan con las viviendas, y se producen además desplazamientos de familias enteras a otras zonas, incluso más precarias. “Primero realizan un trabajo de inteligencia. Detectan a una familia vulnerable, como madres solas, y hogares sin la presencia de hombres o familias que no tengan vínculos con agrupaciones sociales. Tras señalar a la víctima comienzan las amenazas hasta llegar a los balazos en el frente. Ese es el límite y el mensaje final”. Según datos del Ministerio de Seguridad de Santa Fe, este año se recibe un promedio de una denuncia por día de usurpación de propiedades al 911.

 

Fuente: La Nación

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