Sí, tus hijos ven porno (y así les afecta)

Nunca antes ha sido tan fácil ver porno. Nunca antes se ha consumido desde edades tan tempranas.


—Si no es como en el porno, ¿cómo es el sexo realmente?

La pornografía es un invento que suma cuatro siglos. Su industria prosperó en los años sesenta. Desde entonces, generaciones de hombres y, en menor medida, mujeres se las han ingeniado para saciar su curiosidad con un informal pero eficiente sistema de compraventa y préstamo de revistas, cintas de VHS o incluso DVD. La novedad, en el siglo XXI, es que ya ni siquiera resulta necesario recurrir al ingenio: disponemos de porno ilimitado y gratuito en la palma de nuestro smartphone.

—Las películas porno son ciencia-ficción. Como Spiderman o Star Wars. Hay actores y efectos especiales. No son reales. ¿Me seguís?

Los alumnos de 3º de la ESO (14-15 años) de un instituto público de Avilés asienten, sin demasiado convencimiento, a las explicaciones de Iván Rotella, que hoy imparte una de las tres sesiones de educación sexual del curso. Un chaval rubio, de frondoso flequillo, rostro angelical y con el estirón aún pendiente, le devuelve una mirada de burlón escepticismo. Cuando ha salido el tema del porno, sus compañeros lo han erigido a él como el experto en la materia. Sí, reconoce, ve porno desde primaria y, sí, cree que el sexólogo exagera. Su perfil encaja con las estadísticas que coinciden en señalar que la edad de inicio de consumo de contenidos para adultos ha descendido y ahora se sitúa en torno a los 9 o 10 años. Y no es casualidad que esa sea precisamente la época en la que llega la comunión y los padres acceden a comprar el primer móvil —es el regalo más deseado—: a los 10 años, el 26,25% de los menores disponen de smartphone; a los 12, un 75,1%; a los 14, un 91,2%, según datos del INE. Y ese aparato del que no se separan nunca es su tesoro: un territorio vedado a sus progenitores donde están abonados a WhatsApp, Instagram y YouTube y, por supuesto, también acceden a vídeos de sexo explícito.Las chicas de 4º de la ESO (15-16 años) se miran entre ellas, clavan la vista en el suelo o sacuden enérgicamente la cabeza —“no, no, no”— cuando se les pregunta si consumen vídeos para adultos. ¿La primera imagen pornográfica con la que se toparon accidentalmente? “¡El negro de WhatsApp!”.En cambio, sus compañeros no tienen reparos en vociferar que ellos sí que ven porno.

—¿Cuándo lo vemos? Yo, diariamente.—No tanto. Depende. Cuando apetece.—Algunos días.—Antes de estudiar y de dormir.

“El runrún sobre el tema empieza al final de primaria, pero no se puede generalizar. Yo doy clases en 5º y 6º [9-11 años] y depende del grupo. Tuve uno que, por cómo se expresaban y las cosas de las que hablaban, veían porno fijo, pero el grupo del año pasado fue intermedio, algunos alumnos claramente sí lo veían, pero la mayoría no, y este año mis alumnos son auténticos bebés”, asegura Loles del Campo, veterana profesora de ciencias en un colegio público de Avilés.

Que el porno es la educación sexual del siglo XXI es una idea aceptada por expertos de todo el mundo. Pero fue un accidente. La industria tan solo perseguía más y más espectadores. ¿Afán pedagógico? Ninguno. Pero que los vídeos que inundan la Red se interpretan como valiosos manuales de instrucciones es un hecho que constata diariamente Rotella, que trata con adolescentes desde hace 12 años en sus clases de educación sexual en colegios e institutos, en el Centro de Atención Sexual del Ayuntamiento de Avilés (CASA) —ciudad pionera en España en su apuesta por la educación sexual— y en su gabinete sexológico. “A mí antes no me preocupaba el porno, de hecho he escrito incontables artículos defendiéndolo como divertimento erótico. Pero de cinco años para acá, mi discurso ya no vale porque empiezo a detectar que no se ve como una ficción, sino como una realidad. Nunca ha habido tanta facilidad de acceso a contenido adulto, pero sigue sin haber una educación que proporcione sentido crítico”, denuncia. “Hay muchas primeras veces que salen mal, entre otras cosas por las expectativas generadas por la pornografía. Se están llevando muchos chascos”. En sus sesiones de educación sexual con clases de 3º y 4º de la ESO y 1º de bachillerato (16-17 años) siempre advierte a los alumnos —que reciben sus avisos con risitas nerviosas y caras de desconcierto— de que el orgasmo vaginal no existe para la mayorías de las chicas, a pesar de lo que veamos en las películas convencionales o X; de que el sexo anal no es para la primera vez, de que el tamaño no define el placer o de que los vídeos porno tienen múltiples cortes de edición. “Si no le ponemos remedio, en 10 años voy a dedicarme solo a terapia y no voy a dar abasto. Ya vienen chicos a la consulta preocupados porque creen que son eyaculadores precoces, cuando no lo son, porque no duran 45 minutos en el coito, o chicas que se diagnostican anorgásmicas porque no tienen orgasmos vaginales. Hemos dejado que aprendan de su sexualidad a través de la pornografía y cuando lo trasladan a su vida de pareja empiezan los problemas. Estoy harto de escuchar la misma queja entre las chicas: ‘¿Qué les está pasando a los hombres? Ahora, cuando ligo, se piensan que están en una pe­lícula porno y todo es muy agresivo’. A ellos, cuando les pregunto, me responden sorprendidos: ‘Ah, ¿pero no es eso lo que les gusta a las mujeres?”.

Rotella ya trata en su gabinete a la primera generación de pornonativos, término acuñado por Analía Iglesias y Martha Zein en el libro Lo que esconde el agujero. El porno en tiempos obscenos (Catarata) para denominar a los millennials nacidos en los ochenta que crecieron al mismo tiempo que Internet. Y sus hijos, los neopornonativos, que han jugueteado con tabletas y smartphones desde bebés, representan la ­segunda generación. No recuerdan su vida sin el móvil. Y sexólogos como Rotella y su pareja, Ana Fernández Alonso, presidenta de la Asociación Asturiana para la Educación Sexual (Astursex), lo tienen cada vez más en cuenta a la hora de diseñar sus programas. El porno ha distorsionado su visión del sexo, y el inseparable teléfono está redefiniendo todo aquello que sucede antes de llegar a él: su forma de entender la seducción, la intimidad, las relaciones. “Cada vez vemos más casos de parejas que se entregan las contraseñas de sus móviles y redes sociales como prueba de amor y se aceptan mecanismos de control propios de relaciones tóxicas. Han resurgido mitos del amor romántico mal entendido que creíamos superados”, lamenta Fernández Alonso. Cuando pregunta si alguien conoce casos de relaciones así en las aulas de 4º de la ESO y FP Básica, varios síes se abren paso tímidamente.

En cambio, si hablamos de sexting, es decir, el envío de mensajes y fotos subidos de tono, la respuesta es mayoritariamente afirmativa, al menos en los grupos de 1º de bachillerato. Chicos y chicas hablan con total naturalidad y desinhibición de una práctica que reconocen como normal. “Hacemos sexting porque nos pone”, resume con desparpajo una alumna.

—Los chicos mandamos fotos de genitales, ellas de culo y tetas.

—Las chicas solemos ir con chicos más mayores y pueden manipularnos. “Si no me envías una foto, te dejo de hablar…”, y al final accedes y acaba donde no debe. A mí me ha pasado.

—Muchas veces nos mandamos fotos por calentar y no va más allá.

—… Y a veces por la mañana ya estás congelador y te arrepientes. A mí me ha pasado, vaya.

 

 

Padres desorientados

Se inician tan jóvenes en el porno que no lo ven como una ficción, sino como una realidad

—“Hija, yo llegué virgen al matrimonio. Y espero que tú también”. Esa fue la única vez que hablé de sexo con mi madre. Lo poco que aprendí fue en el ‘Vale’ y el ‘Superpop’.

Estallan en carcajadas al recordar la vergüenza que han pasado cuando sus hijos les han preguntado sobre sexo. Cuando su hija mayor le pilló desprevenido y su madre y su suegra tuvieron que echarle un capote. Cuando tuvo que improvisar la respuesta a la abrupta “mamá, ¿qué es follar?”. Cuando han tenido que apresurarse a buscar en Internet de-qué-les-estaban-hablando para poder balbucear una explicación. Los padres y madres del AMPA del instituto público La Magdalena de Avilés no recibieron ningún tipo de educación sexual. Forman parte de las generaciones y generaciones de españoles que, como resume el sexólogo Iván Rotella, vienen del “apañarse”: en casa no se hablaba de sexo y cada uno hacía lo que buenamente podía —filosofía que, por cierto, sigue vigente—. Ahora respiran aliviados porque sus hijos sí reciben clases y ellos mismos organizan periódicamente talleres para formarse. Es la única manera, coinciden, de desempeñar su papel también en el ámbito de la educación sexual. De evitar que la historia se repita. “Son tan importantes sus charlas para los chavales como para nosotros. Mi hija, que tiene 15 años, nunca quiere venir a las actividades que organizamos en el AMPA, pero si viene Iván [Rotella], se apunta. Y eso es muy importante porque significa que les transmite conocimientos que les llegan y les resultan útiles. Y a nosotros esas charlas nos permiten continuar la conversación en casa”, señala Noelia.

Padres de adolescentes y preadolescentes, les preocupa enormemente el tiempo que sus hijos pasan —o quieren pasar— pegados a la pantalla, desconocer qué hacen exactamente en Internet y los contenidos inapropiados a los que puedan acceder. “A mí ni se me ha pasado por la imaginación que mi hija vea porno, pero no me preocupa excesivamente. Tiene 17 años y creo que la he llevado bastante bien, pero a partir de ahora pienso que tengo que ir dándole margen. Quiero que tenga la confianza de venir a mí y preguntarme lo que necesite. Es lo único que puedo hacer: trabajar nuestra relación para que acuda a mí en caso de duda”, esgrime Carmen.

“¿Le habéis contado lo que hacéis a vuestras hijas?”. Esa era la pregunta que muchos padres de su entorno les planteaban recurrentemente a Erika Lust y su marido, Pablo Dobner. Ambos dirigen Lust Films, una productora de cine adulto que abandera un porno distinto: ético, feminista, diverso y de vocación artística. “Nosotros se lo explicamos de forma muy natural porque somos personas abiertas y no nos da miedo hablar de sexo. Pero creíamos que esa conversación no nos atañía exclusivamente a nosotros por formar parte de la industria, sino a todos los padres. La única diferencia era que nosotros jugábamos con ventaja: la mayoría no sabe cómo plantear esa conversación, y nosotros sí”, relata Lust. En realidad, la ventaja de Lust es doble, pues ella es sueca y podría decirse que el suyo es el país que más en serio se ha tomado la educación sexual. “En el colegio, en torno a los 10 u 11 años, teníamos clases de biología y reproducción, pero también el apoyo de sexólogos y ginecólogos con quienes hablábamos de relaciones sexuales, de sentimientos, de consentimiento…”, explica. “Pero vivo en Barcelona desde 1997 y mis hijas están creciendo aquí, y me pone triste ver que siga habiendo tanta resistencia. Necesitaríamos un pequeño ejército de educadores sexuales. Y no se trata ni de pornificar ni de sexualizar a los jóvenes, tan solo de darles herramientas para que entiendan su sexualidad”. Ella ya ha puesto de su parte: en 2017 lanzó el proyecto The Porn Conversation, una web —solo disponible en inglés— con recursos destinados a padres y educadores.

Con una buena educación sexual hoy no hablaríamos del porno como un problema

En una popular charla TED de 2014, Lust ya reivindicaba que era hora de que el porno cambiara. Ese porno mainstream “sexista y, muchas veces, racista de amas de casa cachondas y niñeras desesperadas, de mujeres como objeto satisfaciendo los deseos de los hombres”. Desde los inicios de su carrera, se propuso dirigir el cine X que ella quería ver, explorar la belleza del sexo desde otra perspectiva. Y sí, existe un porno indie y de pago que atiende a la diferencia, pero el mayoritario y gratuito, es decir, el que Lust define como “la principal fuente de conocimiento de la mayoría”, no muestra señales de mejoría. “En los sesenta y setenta había auténticas películas cinematográficas con narrativa, personajes, historia. En cambio, en el porno actual vemos a dos personas en un determinado lugar follando a tope. Nada más. No sabes quiénes son ni qué deseo tienen. No hay contexto. Y los chavales toman esto como real y entran en escena como si fueran porn stars. Muchas chicas jóvenes me cuentan que han intentado hacer choking [asfixia] en las primeras veces y yo no creo que estas prácticas eróticas que experimentan con los límites sean recomendables sin apenas experiencia. Hay una distorsión tremenda en su mente”, denuncia.

Chico caliente se folla a su madrastra, el vídeo más visto en Pornhub, la web de contenido adulto gratuito, profesional y amateur líder en España, tiene una duración de 16 minutos. Casi el doble de lo que los usuarios españoles —hombres en un 71% y mujeres en el 29% restante (ellas ven, fundamentalmente, vídeos de contenido lésbico)— invirtieron, como media, en cada visita: 9 minutos y 20 segundos, según los datos que publica anualmente esta web, que reúne todos los días a 92 millones de visitantes procedentes de todos los rincones del planeta. ¿Las categorías más demandadas por los españoles? Maduras, lesbianas, anal, MILF (del acrónimo inglés mother I’d like to fuck, es decir, madre a la que me tiraría) y tríos.

En opinión de Lust, la industria no va a cambiar o tan solo lo hará para adaptarse a las demandas de sus consumidores, así que está en manos de los educadores —padres y profesionales— dejar de mirar para otro lado y hablar de pornografía de una vez por todas. “Tratar de poner freno a la tecnología no sirve de nada. Sé por experiencia que los controles parentales no funcionan. Tan solo funciona la comunicación, la información y la conversación. Y el porno es una conversación tan esencial como lo es la del tabaco y el alcohol cuando llegan las primeras salidas nocturnas”, defiende. “Les damos tecnología sin instrucciones, y con 9, 10 u 11 años utilizan los ordenadores sin supervisión y a veces les aparecen o buscan contenidos que no son apropiados. Si escribes ‘polla’, Google no te va a dirigir a Wikipedia, sino a una web de porno. Habrá niños que se asusten y se sientan mal con lo que han visto, y otros a los que les despertará la curiosidad”.

Precisamente proporcionar instrucciones a padres e hijos para que hagan un uso seguro y responsable de la Red es la misión de Cristina Gutiérrez, de Internet Segura For Kids (IS4K), una iniciativa del Instituto Nacional de Ciberseguridad (Incibe). Sin todavía haber cumplido los dos años de existencia, Gutiérrez asegura que aún queda mucho trabajo por hacer. ¿La buena ­noticia? “Por fin estamos empezando a entender que no podemos dejar a los denominados nativos digitales solos ante smartphones, tabletas u ordenadores. Está claro que saben utilizarlos, pero otra cosa es que lo hagan de forma correcta. La tecnología avanza muy rápidamente y nos hemos subido al carro sin pararnos a pensar, pero ha llegado la hora de la reflexión”. IS4K dispone de líneas de ayuda para menores, padres y profesores y de más de 600 voluntarios que recorren los colegios dando charlas y repartiendo hasta un Contrato familiar para el buen uso del móvil —se puede descargar en su web—, que padres e hijos deben negociar, cumplimentar y firmar. “Casi 3 de cada 10 consultas que nos llegan proceden de progenitores preocupados porque no saben cómo poner límites entre sus hijos y la tecnología. Hay situaciones verdaderamente descontroladas”.

Un ejército de educadores sexuales

Sí, tus hijos ven porno (y así les afecta)

Alumnos durante una clase de educación sexual en un instituto público de Avilés.

Alumnos durante una clase de educación sexual en un instituto público de Avilés.

—“Hay pocas cosas más importantes que el sexo. Cuando una sociedad tiene bien integrada la sexualidad, el resultado es un enorme bienestar social”.

En los años treinta, la malograda Hildegart Rodríguez, secretaria de la Liga Española para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas y adalid de la liberación sexual, ya criticaba la pedagogía tradicional que convertía la sexualidad en un tabú. Ella defendía la instrucción desde la escuela. Y no estaba sola. Con distintos enfoques, la literatura médica de aquella España de principios del siglo XX ya coincidía en que era imprescindible iniciar la enseñanza de la educación sexual desde la infancia. Fast forward ocho décadas, y en la actualidad todavía no sabemos muy bien qué hacer con la materia. No forma parte del currículo académico —a pesar de que la Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo de 2010 incluía la recomendación de que estuviera presente en colegios e institutos— y, como recoge un informe de 2017 de la ONG Save The Children, cuando se imparte, o bien se limita a unas cuantas clases de contenido biologicista y centrado en la prevención de riesgos para alumnado de edades ya avanzadas, o es una actividad que depende de la disponibilidad de fondos y/o de la voluntad de profesores, AMPA y Ayuntamientos. Como es el caso de los consistorios de Avilés o Leganés. “Se trata de un programa que empieza en infantil y acaba en bachillerato, y se trabaja en la mayoría de las escuelas infantiles, en la mayoría de los colegios de primaria y en la mayoría de los institutos de Leganés”, resume Carlos de la Cruz, sexólogo y responsable de las áreas de Igualdad y Juventud del municipio madrileño. “Yo soy optimista: hay consenso en que se debe hacer educación sexual, aunque todavía no nos ponemos de acuerdo en cómo hacerla. En los ochenta discutíamos sobre si había que hacerla o no, y ese es ya un debate superado. Aunque es verdad que no está garantizado que quien salga de la educación obligatoria haya tenido clase de educación sexual, y eso hay que garantizarlo”.

El apellido “sexual”, coinciden los especialistas, es parte del problema sin resolver en España. “La mente adulta enseguida relaciona sexual con coital, pero no es así: es la educación de los sexos, de lo que significa ser hombre y ser mujer, y de aprender a entendernos, encontrarnos y relacionarnos de la mejor manera posible. Esto, cuando se lo explicas a las familias, lo entienden, independientemente de su ideología. No es tan difícil. Cuando oigo que la educación sexual genera libertinaje no sé de qué me están hablando. En secundaria dedico al preservativo exactamente 10 minutos. No hablo de él hasta no darle un contexto. En los ochenta, el Póntelo, pónselo era imprescindible, pero 30 años más tarde hay asuntos más importantes”, reflexiona Rotella.

En la pornografía hay un modelo de relación entre hombres y mujeres desigual, pero es muy parecido al que sale en otras películas en las que los actores están vestidos

 

—El sí, chicos y chicas, tiene que ser explícito y mantenido. No vale eso de “Me dijo que sí y luego se desmayó”, “Me dijo que sí y luego estaba borracha”, “Me dijo que sí y luego le dio un bajón de tensión”. El sí tiene que ser mantenido y continuado en el tiempo para que la persona esté participando y disfrutando de la misma manera de la relación. Esto es fácil, ¿verdad?

En los distintos programas que imparte Rotella, desarrollados por Astursex, a los alumnos de bachillerato se les habla de consentimiento, de anticon­cepción, de sexismo, de homofobia. A los de 3º y 4º de la ESO, de higiene íntima, de diversidad sexual, de sexting seguro. A los de 5º y 6º de primaria, adolescentes inminentes, se les ayuda a no confundir los celos y el control con pruebas de amor, a identificar los peligros que acechan en las redes sociales, a reflexionar sobre el empoderamiento y la solidaridad femenina. A los alumnos de infantil —de 3 a 6 años— se les leen cuentos clásicos para revisar cómo son las historias de amor que ya conocen y cómo se comportan los personajes femeninos y los masculinos e incluso plantear finales alternativos.

¿Cuándo debe empezar la educación sexual? Desde el principio. Exactamente ahí donde se inicia la educación sobre todo lo demás, coinciden los expertos consultados. Desde luego, en ningún caso se debe esperar a la adolescencia. Para entonces ya tendrán la lección aprendida —en muchos casos, salpicada de malentendidos, pero aprendida— y será demasiado tarde. “Si he tenido una educación sexual que va más allá de cómo funcionan los coitos y el preservativo; si me ha enseñado a respetar a las parejas, a escuchar y a entender que las relaciones eróticas y la satisfacción tienen que ver con dos deseos, cuando vea porno y compruebe que no refleja nada de eso, pensaré: ‘Este no es el mundo real’, y ahí terminarán los conflictos”, argumenta el sexólogo De la Cruz. “En la pornografía hay un modelo de relación entre hombres y mujeres desigual, pero, ojo, es muy parecido al que sale en otras películas en las que los actores están vestidos, donde ellos imponen su criterio a sus parejas, no les escuchan… Si tuviéramos una sociedad donde esos modelos fueran una anécdota, la pornografía no sería un problema”, zanja.

En marzo de 2017, la Audiencia de Cantabria condenó a tres años y nueve meses de cárcel a un hombre por abusar sexualmente de una menor de edad durante un lustro. La niña empezó a sospechar que su vecino le había mentido cuando en el colegio estudiaron el aparato reproductor. Entonces, a los 10 años, comprendió que los besos y los tocamientos genitales no eran normales ni adecuados entre adultos y niños. Desde luego, no eran un juego. “La educación sexual es una herramienta para empoderar a los niños y niñas. Este caso es paradigmático: de haberlo sabido, ella hubiera actuado antes. La formación, siempre adaptada a cada edad, sirve no solo para prevenir que sean víctimas de abusos sexuales, sino también para que, cuando crezcan, entablen relaciones más positivas, sanas e igualitarias”, precisa Carmela del Moral, analista jurídica de los derechos de la infancia de la ONG Save The Children. “En cualquier caso, debería quedarnos claro que los menores van a tener educación sexual. Depende de nosotros que sea buena o mala”. Para Rotella, es hora de que clase política, en particular, y sociedad, en general, se tomen en serio la educación sexual de una vez por todas. “El sexo es lo que somos desde que nacemos hasta que morimos. Hay pocas cosas más importantes. Cuando una sociedad tiene bien integrado todo lo que tiene que ver con la sexualidad, disfruta de un enorme bienestar social. Son sociedades menos violentas y que se respetan mucho más. Y aquí no tenemos más que echar un vistazo a nuestro alrededor: estamos fallando”,

Diario EL PAÍS de España

 

 

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