Por Nicolás Carugatti
La Argentina parece discutir su desarrollo productivo mirando solo una parte del mapa. En los últimos días, el diario Clarín puso el foco en el crecimiento del empleo minero, destacando que el sector ya emplea a 100.000 personas de manera directa y se consolida como uno de los rubros con mayor dinamismo laboral del país. El dato no es menor y merece ser analizado. El problema aparece cuando se lo observa en perspectiva.
Según ese mismo relevamiento, la minería ya supera en empleo a la industria automotriz, que ocupa alrededor de 73.000 trabajadores. Además, en provincias con actividad extractiva se registran récords de inscripciones en tecnicaturas, diplomaturas y carreras universitarias vinculadas al sector, impulsadas por la expectativa de nuevos proyectos y salarios competitivos.
No es casual: la minería concentra hoy una porción significativa de los proyectos anunciados bajo el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), impulsado por el Ministerio de Economía. También muestra números sólidos en comercio exterior: en los primeros 11 meses de 2025, las exportaciones mineras alcanzaron US$ 5.389 millones, un crecimiento interanual del 29,6%, con saldo comercial estructuralmente superavitario. En términos macro, representan cerca del 7% de las exportaciones argentinas, con proyecciones que las ubican por encima de US$ 6.000 millones este año.
Todo eso es real. Pero incompleto.
El contraste que incomoda
Cuando se amplía la mirada hacia la cadena agroindustrial, el contraste se vuelve contundente. Solo en la logística terrestre vinculada al agro —camiones— se estima un universo laboral de al menos 150.000 personas, sin contabilizar la logística fluvial, ferroviaria, portuaria ni los servicios asociados.
Si se toma el complejo completo —producción primaria, acopio, transporte, industria aceitera, comercio exterior, puertos, servicios profesionales, tecnología y financiamiento—, la agroindustria emplea a más de 5 millones de personas de forma directa e indirecta en todo el país. No hay otro sector productivo que se le acerque.
En materia de divisas, la comparación es aún más clara: este año el agro superará los US$ 36.000 millones en exportaciones, multiplicando por seis el aporte de la minería. Es el principal sostén del ingreso de dólares, del equilibrio externo y, en gran medida, de la estabilidad macroeconómica.
Sin embargo, cuando se observan las prioridades políticas, regulatorias y discursivas, la agroindustria aparece sistemáticamente relegada.
Lobby, narrativa y poder político
La diferencia no está solo en los números, sino en el peso del lobby y la construcción del relato. La minería logró instalarse como “el sector del futuro”, asociado a la transición energética, la inversión extranjera y la innovación tecnológica. Tiene una agenda clara, voceros visibles y una estrategia coordinada con el poder político.
El agro, en cambio, sigue atrapado en una narrativa defensiva: retenciones, conflictos coyunturales, discusiones fiscales y reclamos fragmentados. Aporta la mayor parte de las divisas, sostiene millones de empleos y dinamiza economías regionales enteras, pero carece de una representación estratégica acorde a su rol estructural.
La paradoja es evidente: el país apuesta fuerte a un sector que genera crecimiento incremental, pero no construye una política de largo plazo para el sector que ya sostiene la economía real.
Una incongruencia estructural
Reconocer el crecimiento minero no implica desmerecerlo. El problema es que se lo presenta como el eje del desarrollo futuro mientras se subestima —o se naturaliza— el aporte del agro, como si fuera un recurso inagotable que no necesita planificación, infraestructura ni incentivos.
En un contexto donde la Argentina necesita empleo, dólares y previsibilidad, la falta de una mirada integral sobre su principal complejo productivo no es solo una omisión: es una incongruencia estructural que condiciona cualquier estrategia de desarrollo.
La minería puede crecer. Y debe hacerlo.
Pero sin una agroindustria fortalecida, con reglas claras y peso político real, el país sigue construyendo su futuro sobre una lectura incompleta de sí mismo.






