Cuando Fernando de la Rúa llegó a San Lorenzo el 3 de febrero del año 2000 para encabezar el acto por el Combate de San Lorenzo, el país y la región atravesaban uno de los momentos sociales más críticos de su historia reciente. Menos de dos años después, ese mismo presidente abandonaría la Casa Rosada en helicóptero, en medio del colapso institucional de diciembre de 2001.
En aquel 2000, el Gran Rosario registraba niveles de desocupación superiores al 25%, cifras hoy consideradas directamente inaceptables. La región portuaria todavía no era el polo agroexportador global que es hoy: se la conocía como el ex Cordón Industrial, una zona devastada por el proceso de desindustrialización iniciado durante la década del ’90.
Durante la presidencia de Carlos Menem, desde 1991, San Lorenzo y su área de influencia perdieron las empresas que más empleo generaban. El caso paradigmático fue Cerámica San Lorenzo, que llegó a emplear cerca de 5.000 trabajadores. Para tomar dimensión del impacto, hoy el total de empleados aceiteros de todos los puertos del Up River no alcanza esa cifra.
Convertibilidad, desempleo y una región sin reconversión
De la Rúa sostuvo el programa de convertibilidad de Domingo Cavallo, con la paridad un peso – un dólar. En ese esquema, la región no había iniciado aún su proceso de reconversión hacia un polo agroexportador de escala global. No existían las grandes inversiones portuarias, ni la competencia por capacidad de crushing de soja, ni la infraestructura logística que hoy define al complejo.
Paradójicamente, cuando De la Rúa visitó San Lorenzo no existían retenciones a las exportaciones de soja. El modelo estaba agotado, pero el agro todavía no cargaba con el peso fiscal que vendría después.
El giro agroexportador y la presión fiscal
El proceso de transformación regional comenzó recién a partir de 2005, con inversiones de escala inédita en terminales portuarias y plantas de molienda, en una verdadera carrera por quién tendría mayor capacidad de crushing. En paralelo, el complejo portuario comenzó a expandirse hacia el norte.
Las costas tradicionales del Paraná quedaron chicas y nació el polo portuario de Timbúes, impulsado por una ventaja competitiva única: el hallazgo de una profundidad natural superior a los 40 pies en el río Coronda, algo excepcional a nivel mundial.
Sin embargo, esas inversiones no preveían dos factores que terminarían condicionando al sistema:
- El desplome de las áreas sembradas en distintos ciclos.
- La creciente presión fiscal, que derivó en desinversión por parte de los productores.
Desde 2003 a la fecha, la región del Gran Rosario aportó alrededor de 150 mil millones de dólares en concepto de retenciones. Una cifra monumental que no tuvo correlato en infraestructura vial, accesos portuarios ni planificación logística de largo plazo.
Milei llega a otra región… con los mismos problemas estructurales
Javier Milei podría llegar a San Lorenzo el próximo 7 de febrero, en un contexto completamente distinto al del año 2000. El índice de desocupación ronda el 9%, un piso que nunca pudo perforarse en todo el Gran Rosario. El dólar vale un 1500% más que en la época de la convertibilidad y las retenciones a la soja alcanzan el 28%.
Cambió el país, cambiaron los gobiernos y cambió el perfil productivo de la región. Pero hay algo que permanece intacto: las rutas. Destruidas, colapsadas, saturadas por millones de toneladas que salen cada año rumbo a los puertos.
Dos presidentes separados por 25 años. Un polo agroexportador que se convirtió en uno de los más grandes del mundo. 150 mil millones de dólares aportados al Estado nacional. Y la misma deuda pendiente: la infraestructura básica para sostener el motor económico más importante de la Argentina.
El tiempo pasó. Las cifras crecieron. Las rutas, no.






