De acuerdo con datos oficiales de la Secretaría de Agricultura, durante marzo la actividad industrial alcanzó las 3,23 millones de toneladas procesadas, un volumen que marca un repunte significativo tras la baja registrada entre diciembre y febrero. Este nivel, además, se ubicó en línea con el registrado en el mismo mes del año anterior.

El dinamismo del sector estuvo apuntalado por la fuerte demanda de las fábricas, que intensificaron la compra de materia prima para aprovechar el contexto favorable de precios internacionales. Esta presión también se reflejó en el mercado interno, donde los valores de la soja se mantuvieron firmes.
En ese escenario, las proyecciones de stock final quedaron desactualizadas. Inicialmente estimadas en 3,88 millones de toneladas, ahora se prevé que las existencias sean menores debido al mayor ritmo de industrialización.

Más molienda, pero menor participación relativa
A lo largo de toda la campaña 2024/25, finalizada el 31 de marzo, la molienda totalizó 41,8 millones de toneladas, lo que representa una caída del 4% respecto del ciclo anterior, pese a que la cosecha fue un 6% superior.
Esta aparente contradicción se explica por un cambio en la dinámica del negocio: durante gran parte de 2025, la exportación de poroto sin procesar ganó terreno frente a la industrialización, favorecida por condiciones geopolíticas que hicieron más rentable esa opción.

En ese contexto, las Declaraciones Juradas de Ventas Externas (DJVE) de soja alcanzaron 12,1 millones de toneladas, muy por encima de los 4,68 millones registrados en la campaña previa.
Importaciones para sostener la actividad
Para mantener el nivel de procesamiento, la industria recurrió con fuerza a la importación de soja bajo el régimen de admisión temporaria. En total, ingresaron 5,94 millones de toneladas, principalmente desde Paraguay, lo que equivale al 14,2% del total industrializado en el período.

Este mecanismo, establecido por el decreto 1330/2004, permite importar materia prima sin pagar aranceles con la condición de que sea procesada en el país y luego exportada como productos con mayor valor agregado, como harina, aceite o biodiésel.
De esta manera, la industria aceitera logró sostener su actividad y recuperar ritmo en el tramo final de la campaña, en un contexto marcado por la volatilidad del mercado global y la competencia entre exportar materia prima o industrializarla localmente.







