La confirmación del hallazgo del cuerpo de Gastón Montenegro, el joven árbitro de 25 años desaparecido en Capitán Bermúdez, marca un antes y un después en la crónica roja local. La brutalidad del caso —con la hipótesis de un secuestro motivado por conflictos en el “stock” de sustancias ilícitas— no es un hecho aislado, sino la punta de un iceberg que se ha formado durante años en el límite entre Capitán Bermúdez y Granadero Baigorria.
El “Zanjón” y la red de jóvenes sicarios
Desde hace tiempo, la zona del Zanjón que divide ambas ciudades es terreno de disputa narco. La investigación por la muerte de Montenegro revela un patrón alarmante: redes narcocriminales compuestas por jóvenes capaces de ejecutar secuestros y asesinatos con una frialdad inusitada. Fuentes cercanas a la causa indicaron que, desde el inicio, la hipótesis de la fiscalía se centraba en un desenlace fatal, alentada por la denuncia de la propia madre de la víctima, quien señaló directamente a los presuntos responsables del hecho.
Un historial de violencia extrema
Este escenario no es nuevo. La región ha sido testigo de episodios de una crueldad difícil de procesar, que reflejan la profesionalización de la violencia narco:
El horror de los machetes (2024): El triple crimen de Santiago Ochoa, Emiliano Saucedo y Eber Ramos marcó un pico de violencia inusitada. Alexis Lobos fue condenado por asesinar a mazazos y degollar a las víctimas dentro de una vivienda, descartando la justicia cualquier versión de un ataque externo y confirmando que el móvil fueron transacciones de dinero.
La marca de “Los Monos” (2018): El triple crimen en calle Liniers al 300, donde fueron acribillados Ezequiel “Parásito” Fernández, su hermano “Grasita” y Gerardo Abregú, recordó la conexión directa con el liderazgo narco de Guille Cantero.
El caso Any Rivero (2014): La muerte de la joven de 18 años, víctima de una balacera contra un boliche por parte de dealers, sentó un precedente de impunidad que marcó a fuego a Capitán Bermúdez.
La sombra de las causas “nacionales”
Es imposible analizar la región sin mencionar cómo estos territorios alimentan causas de escala nacional. El asesinato de “Coto” Medrano permitió desmantelar una red de provisión de divisas para narcos que involucró a figuras como Patricio Carey, dueño del barrio privado La Rinconada, dejando al descubierto cómo el dinero sucio fluye entre las calles de barrio y las exclusivas casas de cambio de Rosario.
El “Triángulo de la Impunidad”
Existe una diferencia marcada en la percepción pública: mientras San Lorenzo suele ser foco de noticias nacionales ante cualquier hecho policial, Capitán Bermúdez y Granadero Baigorria operan en un cono de sombra.
Los grupos narcos parecen haber comprendido mejor que nadie esta dinámica: juegan con la falta de iluminación mediática y la notoria apatía de las autoridades políticas locales. En ambos distritos, el silencio de los funcionarios es ensordecedor. La escasa reacción de la clase política frente a este avance criminal sugiere una comodidad estratégica en el anonimato, dejando a los ciudadanos a merced de una violencia que, cuando trasciende, lo hace con las peores noticias.
Mientras tanto, en el corredor que une a ambas ciudades, la inseguridad deja de ser un problema de percepción para convertirse en una estructura organizada que se cobra vidas, una tras otra, ante la pasividad de quienes deberían gestionar soluciones.






