La profunda crisis económica y la transformación tecnológica están asestando un golpe letal al histórico servicio de taxis en San Lorenzo y todo el Cordón Industrial. En una entrevista que sacudió la agenda local dada a la Radio 93.5, el chofer Juan Rodolfo Hauser aportó un testimonio desgarrador sobre el presente de la actividad y sentenció con una frase lapidaria la situación de quienes pasan sus días detrás del volante: “El trabajo murió”.
De acuerdo con el crudo análisis del trabajador, la rentabilidad de la actividad se desmoronó por completo debido a un combo previsible: la pérdida del poder adquisitivo de los clientes, los incrementos tarifarios que terminaron de espantar a los usuarios habituales y, fundamentalmente, la irrupción sin control de plataformas digitales como Uber y Didi.
Números de la miseria: 13 horas arriba del auto por $12.000
Para fundamentar por qué la actividad ya dejó de ser un sustento digno, Hauser expuso públicamente su última planilla diaria de recaudación, arrojando cifras alarmantes que muestran la precarización encubierta que sufren los choferes:
- Jornada laboral: Trabajó desde las 17:00 horas de la tarde hasta las 06:00 de la mañana del día siguiente (13 horas consecutivas de servicio nocturno).
- Recaudación bruta: Al finalizar la extenuante jornada nocturna, la ticketera marcó un total de $31.000.
- Ganancia neta real: Una vez descontados los gastos obligatorios de combustible, el porcentaje del titular de la licencia y el mantenimiento mínimo, al chofer solo le quedaron alrededor de $12.000 netos para llevar a su hogar.
“La situación no da para más. Trabajás toda la noche, arriesgándote en la calle, para volver a tu casa con una cifra que no te permite cubrir una canasta básica”, graficó Hauser con evidente angustia.
Ante este panorama, la reacción de las bases no se hizo esperar. Mientras en el Concejo Municipal de San Lorenzo se debate un nuevo incremento del 20% en el valor de la ficha, un total de 73 taxistas de calle plantaron bandera y firmaron un petitorio formal solicitando congelar las tarifas. Los choferes advierten que si el precio sigue subiendo, la gente se bajará definitivamente de los autos, afectando sobre todo a los jubilados que utilizan el servicio por cuestiones médicas.
El espejo de los 90: De la privatización fabril a la desregulación digital
Para entender el verdadero calado de esta crisis, es necesario mirar hacia atrás en la historia social del Cordón Industrial. La actividad del taxi y el remís, tal como la conocemos hoy, nació con fuerza en la década del 90 como una respuesta desesperada y una salida laboral inmediata ante el cierre masivo de industrias y privatizaciones en la región. En aquellos años, miles de obreros metalúrgicos, químicos y petroquímicos que se quedaron en la calle volcaron sus indemnizaciones a la compra de un auto para poder subsistir.
Hoy, la historia se repite con un ropaje tecnológico. El desembarco masivo de aplicaciones como Uber o Didi funciona bajo la misma lógica de emergencia: es el refugio de aquellos que se quedan sin empleo o de trabajadores registrados que eligen salir a manejar para complementar los ingresos de un salario pulverizado por la inflación.
Sin embargo, el impacto en la estructura del negocio es radicalmente distinto. Durante más de tres décadas, el transporte de pasajeros fue un mercado rígidamente regulado por el Estado local, donde el valor comercial e institucional de “las chapas” (licencias) y las transferencias de remiserías tradicionales dictaban las reglas del juego. Las aplicaciones móviles llegaron para romper de golpe con el monopolio de las chapas, desmantelando un sistema de costos y regulaciones que ya no puede competir con la flexibilidad de un algoritmo.
Como tantas otras veces en la historia económica del Gran Rosario, el suelo productivo vuelve a cambiar de piel. Se terminó una historia de privilegios corporativos y regulaciones municipales, y comienza otra marcada por la economía de plataformas, la flexibilización total y la lucha diaria por la supervivencia en el asfalto.






