El dilema de Cristina y de su círculo familiar

POR EDUARDO VAN DER KOOY


Puede haber pasado, según los médicos especialistas, el momento más crítico de la nueva enfermedad de Cristina Fernández. La intervención quirúrgica de ayer en la Fundación Favaloro resultó –según las voces oficiales– muy satisfactoria. La sobredósis de tensión emocional que atravesó a la Argentina desde el sábado a la noche podría considerarse superada. A aquella tensión pareció sustituirla en las últimas horas una inocultable sensación colectiva de alivio.

Aunque también habrían empezado a desplegarse, en simultáneo, un sinfín de interrogantes sobre el destino personal de la Presidenta y el curso de la vida política e institucional del país.

Cristina inicia ahora un proceso de recuperación en el cual influirían, sin dudas, las cuestiones anímicas.

En su círculo íntimo y en ella misma podría pesar la historia que le tocó vivir.

El antecedente de Néstor Kirchner habría estado muy presente, en horas recientes, en el recuerdo y los comentarios de sus familiares.

El ex presidente tuvo siempre una salud quebradiza a la que afrontó con cierto desdén arreado por su pasión y su obsesión en torno del poder y de la política. Ni Máximo ni Florencia, los hijos del matrimonio, dejan de olvidar esa circunstancia mientras vigilan la convalecencia de su madre.

Máximo, convertido en un resorte de poder clave junto a Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico, muchas veces renegó de que la política le hubiera arrancado a él y a su hermana tanto tiempo de sus padres.

Al menos, así lo expresaba hasta que aconteció la repentina muerte de Kirchner. A partir de entonces cobró un protagonismo, sobre todo desde las sombras, que nunca imaginó. Y que, a lo mejor, tampoco deseaba.

Pero decidió asumirlo. Florencia sería, en ese aspecto, más intermitente y lejana. Se volcó a la militancia kirchnerista desde un plano cultural (su afición por el cine) antes que, como su hermano, desde los pliegues del poder mismo.

Kirchner murió en el 2010 cuando secundaba en el ejercicio del Gobierno a Cristina. Ambos supieron conformar, desde las primeras luces en Santa Cruz, una sociedad política mancomunada. Su desaparición se notó –y mucho– en la gestión. Pero sobre todo en la articulación de las alianzas políticas que representaron las vigas maestras de su tiempo.

A aquel debate familiar deberá someterse en las próximas semanas Cristina. Y en ese debate tampoco faltarán los recurrentes reveses de su salud y el largo y complejo tránsito que todavía le resta hasta el 2015. Nada haría presumir, si las cosas siguieran como hasta hoy, que la Presidenta esté dispuesta a pensar en un paso al costado antes de completar su mandato. Pero pareciera cierto, también, que las herramientas de las cuales dispone para ese tránsito serían bastantemás precarias que las que tuvo mientras Kirchner vivió.

El ex presidente contó siempre a su alrededor, aún como ladero formal de Cristina, con una maquinaria política poderosa. La Presidenta se encargó de desmembrarla, al punto de que sus apoyos superan los dedos de una mano. Esa precariedad saltó a la vista de nuevo cuando detonó su problema cerebro-vascular. Abundaron las resistencias de su entorno para que Amado Boudou se hiciera cargo de la Presidencia interina. Pero no hubo otro remedio. La emergencia sirvió para desnudar la dimensión de sus carencias políticas.

La presencia de Boudou a cargo del Poder Ejecutivo en un tramo determinante de la campaña para las elecciones del domingo 27, podría ser el peor de los tragos para el Gobierno. Separadas sus deudas con la Justicia, el vicepresidente es hoy el funcionario con peor imagen popular. La tarea de los candidatos del FPV, en especial del bonaerense Martín Insaurralde, consistiría justamente en recuperar cientos de miles de votos perdidos. Si la imagen de Cristina, con su padecimiento de salud a cuestas, podría ayudar en hipótesis a una cierta recomposición, la irrupción pública de Boudou como su delegado los echaría por la borda.

Tan patente resulta esa impresión, que algunas voces cristinistas debieron salir impensadamente a la palestra para intentar apuntalarlo. Insaurralde, amigo suyo, que lo había raleado de la campaña, lo reivindicó. Se escuchó además a Ricardo Forster, candidato a diputado porteño y una de las escasas figuras activas de Carta Abierta. También a la diputada ultra K, Diana Conti, y hasta a Daniel Filmus. El senador parece asomarse, con riesgo, a un precipicio: Boudou es casi detestado por el electorado de Capital, donde el senador K pelea palmo a palmo con Pino Solanas, según todas las encuestas, la banca por la representación de la minoría.

Boudou, es cierto, no tendrá las facultades para tomar ninguna decisión de fuste mientras dure la recuperación de la Presidenta. Y el Gobierno necesitaría de ellas porque los problemas se amontonan y se tornan más graves. Tampoco todas las dificultades del presente podrían ser achacadas al vicepresidente. Hace rato que Cristina las venía incubando con su inacción, sus obstinaciones o sus equívocos. Existen un par de episodios, entre una parva, que describirían esa situación y advertirían sobre un serio nivel de retroceso.

El mundo menea de nuevo la posibilidad de un default de la Argentina, luego de que la Corte de Nueva York resolvió no ocuparse de la apelación del Gobierno contra un fallo que favorece a los fondos buitre. El endeudamiento argentino pareció ordenarse en el 2005. Otra vez recrudeció la tensión con Uruguay por la pastera en Fray Bentos con marchas de asambleístas. Un conflicto que pareció encauzarse en el 2010. Algo habría fallado. Y no sólo la salud de Cristina.

Fuente: Clarin

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