El destino de Ezequiel Raúl Rodríguez y Agustina Ellero parece haber quedado sellado bajo el peso de una investigación asfixiante que no dejó grietas para la duda. En el horizonte de ambos solo asoma la sombra de la reclusión perpetua, el castigo máximo previsto para quienes transformaron un encuentro pactado en un asesinato fríamente calculado. El fiscal Aquiles Balbis, con la paciencia de un artesano de la ley, logró reconstruir cada minuto de una madrugada marcada por la ambición y la sangre, desnudando un plan macabro que tuvo como centro el domicilio de calle Echeverría 105 en San Lorenzo. Allí, entre paredes que hoy guardan rastros biológicos indelebles, se gestó el final de José Omar Rendón Ramírez, un hombre que entró buscando una cita y se encontró con su propia muerte.
El preludio de la tragedia se escribió a través de una pantalla de celular. Desde el martes 24 de marzo de 2026, Agustina Ellero comenzó a tejer una red de mensajes vía WhatsApp con Rendón Ramírez. No era un intercambio inocente, sino la carnada de una celada que incluía la participación de Ezequiel Rodríguez, quien compartía momentáneamente la vivienda con la joven. El pacto fue explícito y carente de cualquier atisbo de humanidad: acordaron citar al financista en la vivienda para abordarlo, robarle sus pertenencias y, finalmente, quitarle la vida para garantizar que nadie pudiera señalar a los culpables. La impunidad era la premisa básica de su acuerdo criminal.

La madrugada del jueves 26 de marzo fue el escenario del horror. Rendón Ramírez llegó a la cita en su Fiat Siena color bordó cerca de las cinco de la mañana. Al ingresar al departamento número uno, no tuvo tiempo de reaccionar. Fue abordado intempestivamente por Rodríguez, quien empuñaba un martillo con el que descargó una violencia brutal sobre el rostro y el cuerpo de la víctima. El informe forense detallaría más tarde fracturas en la nariz, el pómulo derecho y lesiones punzantes en la zona clavicular que incluso fracturaron una costilla. Pero el martillo no fue el instrumento final; tras reducirlo y fracturarle el macizo facial, Rodríguez procedió a asfixiar mecánicamente al hombre mediante sofocación y estrangulamiento, colocando una bolsa de nylon negra sobre su cabeza.
Mientras la vida de Rendón Ramírez se extinguía o el cuerpo aún estaba caliente, la voracidad económica de los asesinos no se detuvo. Entre las sombras de la madrugada, despojaron a la víctima de sus celulares y le exigieron las contraseñas de sus cuentas virtuales. El rastro digital dejó una huella imborrable para la fiscalía. A las 05:38 horas, se realizó una transferencia de 36.300 pesos a la cuenta de Lucas Martínez, pareja de Ellero, operación que ella misma admitiría administrar exclusivamente por carecer de DNI actualizado. No fue el único movimiento; a las 10:01 horas, una nueva transferencia por 19.222 pesos aterrizó en la cuenta del propio Ezequiel Rodríguez. En total, el saqueo digital inicial ascendió a cifras que delataban la premeditación del robo.
El descarte del cuerpo fue una operación de logística desesperada pero captada por la tecnología de seguridad regional. A las 05:45 de la mañana, Rodríguez y Ellero subieron el cadáver al auto de la propia víctima y emprendieron el viaje hacia las inmediaciones del Parque Industrial de Roldán. Allí, en una zanja perpendicular a la traza principal, abandonaron los restos de Rendón Ramírez. Las cámaras de videovigilancia y los lectores de patentes LPR de Roldán fueron letales para la coartada de los acusados; a las 07:09 horas, un fotograma registró nítidamente el Fiat Siena circulando por la zona, con Rodríguez al volante y Ellero en el asiento del acompañante. Tras deshacerse del cuerpo, continuaron su periplo hacia una zona rural de Ricardone, donde abandonaron el vehículo tras robarle la batería y el matafuegos, elementos que Rodríguez intentaría vender más tarde por sumas irrisorias a través de su celular.
La investigación del fiscal Balbis cerró el círculo con pruebas científicas que resultan demoledoras para la defensa. El allanamiento en el domicilio de calle Echeverría reveló, mediante el uso de luminol, la presencia de manchas de sangre en el colchón, las paredes y el piso del monoambiente donde ocurrió el crimen. Además, se secuestraron el martillo y una llave inglesa con restos biológicos, junto al matafuegos del auto de la víctima que aún conservaba la inscripción “Edwin”, nombre de uno de los hijos de Rendón. Los peritajes informáticos detectaron incluso que los imputados, en un acto de cinismo extremo, contactaron a clientes de la víctima días después del asesinato para reclamar deudas y sustraer otros 351.000 pesos mediante transferencias bancarias.
La caída definitiva comenzó cuando Agustina Ellero, ante la presión de su detención, decidió aportar datos sobre la ubicación del cuerpo, guiando a la policía hasta el lugar exacto del hallazgo en Roldán. Sin embargo, esta “colaboración” no la exime de la calificación de coautora de un homicidio criminis causa. Para la fiscalía, la planificación compartida, el uso de la violencia martilleante, el saqueo de las cuentas bancarias y el posterior ocultamiento del cadáver forman una unidad delictiva que solo tiene una salida legal posible. Rodríguez y Ellero enfrentan ahora un proceso donde cada mensaje, cada transferencia y cada rastro de sangre en un colchón de San Lorenzo los conducen directamente a pasar el resto de sus días tras las rejas.






