El transporte de pasajeros en San Lorenzo transita una de sus crisis más profundas y terminales. En las calles, las paradas lucen desiertas y las horas de espera de los choferes se multiplican sin que suene el teléfono de las agencias ni se levante una mano en la vereda. El dato oficial que grafica el desplome es lapidario: 53 licencias fueron dadas de baja o directamente no se renovaron en el municipio porque a los titulares ya no les resulta rentable sostener los costos de habilitación, seguro y mantenimiento de una unidad en regla.
En este escenario de asfixia económica, el debate volvió a golpear las puertas del Concejo Municipal. Desde el sector de los choferes y peones de taxis, Juan Hauser expuso la desesperación de quienes viven exclusivamente del volante y dependen de la recaudación diaria para subsistir. Su propuesta, respaldada por agencias tradicionales como Potosí y La Nueva, apunta a aplicar una rebaja voluntaria del 20% en la bajada de bandera y fichas, contraponiéndose a los propietarios que insisten con solicitar un nuevo incremento tarifario del 35%.
Hauser fue tajante al advertir que aumentar la tarifa en este contexto representa un suicidio, remarcando que la comunidad ya eligió el servicio por aplicación y que seguir encareciendo el taxi terminará de expulsar a los pocos clientes que quedan. La disparidad actual se refleja con claridad en los trayectos cotidianos: un viaje desde los barrios Fonavi hasta el centro comercial de San Lorenzo promedia los 6.000 pesos en un taxi habilitado frente a los 4.000 pesos que cotiza el algoritmo de la plataforma digital. Para los impulsores del descuento, achicar esa diferencia permitiría recuperar al pasajero popular que hoy cuida cada centavo de su economía doméstica.
Sin embargo, sostener que la fuga masiva de pasajeros responde únicamente al factor monetario implica incurrir en un diagnóstico incompleto. Parafraseando la célebre consigna que marcó época en la política internacional, la crisis del transporte local se sintetiza en otra verdad inapelable: no es solo el precio, es la usabilidad. La usabilidad es la medida de la facilidad con la que una persona puede utilizar un producto o herramienta para alcanzar un objetivo específico de forma sencilla, segura y sin frustraciones. En ese terreno, las aplicaciones tecnológicas le ganaron una pulseada definitiva al sistema analógico.
El usuario actual prioriza la previsibilidad total. En la pantalla del teléfono celular conoce con precisión cuánto va a pagar antes de subir al vehículo, dejando atrás la incertidumbre del reloj taxímetro, los rodeos de recorrido o las tarifas nocturnas sorpresivas. A esa certidumbre se añade la trazabilidad satelital en tiempo real, que permite observar el avance del coche en un mapa, conocer los datos del chofer y saber al minuto cuándo llegará a destino, eliminando la espera a ciegas en la vereda bajo la lluvia o en esquinas oscuras. La automatización del pago mediante tarjetas y billeteras virtuales desterró de plano los habituales roces por falta de cambio, al tiempo que la calificación mutua por estrellas instituyó un control de calidad inmediato que los pasajeros consideran más eficaz que cualquier reclamo formal ante las oficinas públicas de tránsito.
En su argumentación, Hauser defendió el valor de la seguridad comunitaria y la trazabilidad legal que ofrece el taxi tradicional, señalando que los choferes habilitados son vecinos conocidos con carnet profesional y desinfecciones al día, contando además con una estructura municipal donde denunciar irregularidades. En contraste, citó episodios de riesgo vividos por pasajeros en transportes informales que quedaron sin respaldo institucional tras sufrir inconvenientes.
A pesar de estas consideraciones sobre la legalidad, el cambio en las costumbres cotidianas parece irreversible. Pretender recuperar el terreno perdido aplicando un descuento sobre el reloj taxímetro mientras se mantiene el esquema de llamar a una central de radio equivale a intentar frenar el avance del streaming bajando el precio de los videocasetes. El Concejo Municipal enfrenta una discusión que excede la mera autorización de una tabla de precios. El mercado cambió su fisonomía y, mientras el sector tradicional limite su respuesta a una disputa de tarifas sin modernizar la forma en que los vecinos acceden al servicio, el éxodo de licencias continuará ante una pantalla táctil que resolvió con dos toques lo que el sistema no supo adaptar durante décadas.







