El paisaje de las madrugadas en los accesos a los puertos del Gran Rosario se ha vuelto una postal de peligro constante. Decenas de camiones estacionados en zonas prohibidas, banquinas, salidas de estaciones de servicio y peajes revelan una crisis de infraestructura que Guillermo Salum, camionero de oficio, decidió poner en palabras a través de una cruda carta abierta. Su testimonio no es solo una confesión de parte, sino un llamado de atención ante la inseguridad vial que pone en riesgo tanto a los transportistas como a cualquier ciudadano que circule por la región.
Salum comienza su relato con una honestidad brutal al reconocerse como parte de ese grupo de conductores que deben detenerse “donde se puede” y no donde se debe. Se define como un número más en la masa de trabajadores que salen de los puertos con el cansancio a cuestas después de jornadas extenuantes, noches en vela o tormentas, buscando desesperadamente un hueco para recuperar energías. Sin embargo, el grito que atraviesa todo su mensaje es uno solo y se repite con impotencia: “NO HAY LUGAR”.
El camionero describe una realidad asfixiante donde las pocas estaciones de servicio con playas amplias se abarrotan en cuestión de minutos. Los espacios improvisados suelen ser trampas de barro inutilizables tras las lluvias y, para colmo de males, muchos pueblos sobre rutas transitadas han colocado limitadores de altura que expulsan a los camiones de sus calles. Ante este escenario, la única opción que les queda es lo prohibido: el “huequito” en la banquina o el acceso a la autopista, asumiendo el riesgo de provocar un desastre antes que seguir circulando en un estado de agotamiento total.
Como propuesta de solución, Salum pone el foco en la autopista Rosario-Santa Fe, un trayecto de 140 kilómetros donde los transportistas llegan a pagar hasta 70.000 pesos en peajes entre ida y vuelta. El trabajador señala que existen decenas de sectores amplios e iluminados a la vera de la calzada que podrían ser acondicionados de forma sencilla para el estacionamiento seguro de camiones. Es una medida que, según su visión, podría trasladarse a otras rutas nacionales para mitigar una problemática que hoy está a la vista de todos pero que nadie parece ocuparse de resolver.
La carta cierra con una pregunta inquietante que resuena en cada rincón de las localidades portuarias. Salum se cuestiona si la sociedad y las autoridades están esperando una nueva tragedia de magnitud para poner el foco en esta carencia estructural. El temor del camionero es que solo se actúe cuando las pérdidas de vidas ocupen las tapas de los diarios por un día y se inicie la habitual búsqueda de culpables, cuando el aviso de peligro ya fue dado con sobrada antelación por quienes viven la ruta día tras día.
Guillermo Salum Camionero








