Juan Martín Uncal y Brian Gines Margenet son los creadores de Capocannoniere, o “Capo”, un emprendimiento que rediseñó el metegol tradicional con mejoras que apuntan tanto a la experiencia de juego como al uso cotidiano. Su modelo incorpora posavasos con recubrimiento térmico, mayor tamaño (170 x 100 cm frente a los 120 x 70 habituales) y un sistema de guardado vertical pensado para optimizar espacios.
Sin embargo, el cambio más significativo está en la dinámica: a diferencia del metegol clásico, limitado a movimientos lineales, este diseño permite desplazamientos multidireccionales, hacia adelante, atrás y en diagonal, lo que evita que la pelota se detenga y elimina interrupciones frecuentes durante el juego. Según sus creadores, no existe otro sistema igual en el mundo y ya avanzaron en su patentamiento.
La idea nació en plena pandemia, con una inversión inicial de 18.000 dólares financiada con ahorros y tarjetas de crédito. Uncal, con trayectoria en el sistema financiero, comenzó diseñando el prototipo en PowerPoint y luego lo llevó a una versión artesanal junto a su socio. “Arrancamos con cartón, palos de escoba y mucha intuición. Después fuimos profesionalizando cada etapa”, recuerdan. El desarrollo llevó más de dos años de pruebas hasta llegar al producto actual.

Hoy, la producción se apoya en una red de pymes que fabrican componentes, mientras que el ensamblado y la personalización final quedan en manos de los fundadores y un pequeño equipo. La capacidad actual ronda los 20 metegoles mensuales, con tiempos de entrega de entre 10 y 15 días hábiles y precios que van de 1.200 a 1.900 dólares.
Uno de los pilares del negocio es la personalización. Cada metegol puede adaptarse al gusto del cliente: desde el diseño del campo inspirado en estadios hasta los jugadores, que se imprimen en 3D y pueden replicar equipos, selecciones o incluso rostros reales a partir de fotos. “Podemos hacer desde un River-Boca hasta uno con la cara de tus amigos”, explican.
El producto también encontró un nicho en el ámbito corporativo, donde empresas lo utilizan como herramienta de activación de marca en eventos. Pero el salto en visibilidad llegó cuando uno de sus metegoles alcanzó a Ángel Di María, quien lo mostró en sus redes sociales y disparó el interés de potenciales clientes, especialmente en Buenos Aires y el exterior.
Con ese impulso, Capocannoniere proyecta facturar unos 200.000 dólares este año y ya analiza su expansión internacional. Mercados como Estados Unidos y Francia aparecen como oportunidades atractivas por el mayor desarrollo y valor del metegol. A futuro, también evalúan sumar nuevas líneas, como modelos para niños, juegos de mesa vinculados al fútbol y accesorios coleccionables.
Pese al crecimiento, los socios aseguran que priorizan la calidad antes que la escala. “No queremos crecer a cualquier costo”, señalan.
Así, lo que comenzó como una queja en medio de un partido entre amigos terminó convirtiéndose en un emprendimiento con proyección global. Una vuelta de tuerca bien argentina a un juego de siempre, que busca sacar a la gente de las pantallas y devolverla al encuentro cara a cara.







