El reciente secuestro de casi 500 kilogramos de clorhidrato de cocaína en las aguas del río Paraná, a la altura de San Nicolás y Ramallo, volvió a encender las alarmas sobre la vulnerabilidad extrema de la Vía Navegable Troncal. Sin embargo, para comprender el verdadero alcance de lo que sucede en nuestras costas no alcanza con contar paquetes de droga ni celebrar operativos aislados: hace falta hacer números y comparar magnitudes.
La matemática económica del comercio exterior y del crimen organizado expone un desequilibrio escalofriante. Un buque de ultramar de gran calado cargado con 50.000 toneladas de pellet de soja —el principal producto de exportación de nuestro polo agroindustrial— tiene hoy un valor FOB de mercado (sin incluir el flete marítimo) de 544 dólares por tonelada. El valor total de la carga de ese gigante de acero asciende a 27,2 millones de dólares.
En contraposición, el cargamento de cocaína secuestrado en el río por la Prefectura fue valuado por el propio Ministerio de Seguridad de la Nación en unos 7 millones de dólares a valor plaza local (cifra que en los puertos de destino en Europa se multiplica hasta alcanzar los 20 o 30 millones de euros).
El dato es demoledor: un puñado de bolsos estancos subidos en minutos desde una lancha rápida representa más del 25% del valor económico de todo un barco granelero repleto de granos.
La desproporción de los controles: garitas privadas y gomones
Ese volumen colosal de dinero negro es el que financia la logística criminal, compra voluntades y perfora los estamentos institucionales. Y frente a semejante amenaza transnacional, la respuesta del Estado en el Cordón Industrial y el Gran Rosario roza la indefensión.
La seguridad en la mayoría de las terminales portuarias descansa sobre los hombros de vigiladores de empresas privadas, sin potestad de policía ni armamento para enfrentar bandas de alto calibre. En la jurisdicción fluvial, la presencia del Estado nacional es alarmantemente escasa:
- Escasez de personal: Existen destacamentos costeros de la Prefectura Naval Argentina que funcionan con un solo oficial de guardia por turno.
- Flota operativa acotada: En el puerto más importante de la Argentina, la Prefectura de San Lorenzo cuenta con apenas dos gomones semirrígidos y una sola lancha patrullera para custodiar decenas de kilómetros de frente costero y el tránsito incesante de miles de buques y barcazas.
- Cero tecnología táctica: No existen sistemas integrados de rastreo térmico e infrarrojo nocturno en las zonas de fondeadero ni radares costeros dedicados a monitorear el movimiento de lanchas deportivas en la oscuridad.
- Inteligencia criminal débil: Las investigaciones suelen ser reactivas y raras veces se anticipan a la infraestructura delictiva montada en tierra y en las islas.
“Lluvia de cocaína” y pistas a metros de los puertos
El corredor fluvial no opera aislado. La permeabilidad del espacio aéreo en la región centro del país permitió durante años el fenómeno de las avionetas que “riegan” de cocaína los campos de la zona para que luego la droga sea trasladada por vía terrestre hacia los puntos de embarque.
El nivel de impunidad llegó al extremo de que se descubriera una pista de aterrizaje clandestina dentro del Country Campo Timbó, emplazado a escasos 200 metros de la Vía Navegable Troncal y de los principales complejos portuarios del departamento San Lorenzo. Aviones narco descendían a metros de las autopistas y del río sin que ningún radar o radarizador oficial detectara sus vuelos.
Un sistema sin ética al borde del narcoestado
Cuando el poder de fuego financiero del narcotráfico se mide en millones de dólares por cada maniobra nocturna y la estructura de control responde con recursos obsoletos y escasos, la brecha la termina llenando la corrupción.
Las dimensiones económicas y operativas del negocio delictivo no guardan ninguna proporción con el presupuesto ni con la decisión política destinada a la seguridad en la región. Muestras de este desbalance sobran. Si el sistema de poder en la Argentina —en sus niveles político, judicial y de fuerzas de seguridad— no recupera la ética, la tecnología y el rigor para controlar la mayor arteria comercial del país, el riesgo de dejar de ser un lugar de tránsito para convertirnos formalmente en un narcoestado ya no es una hipótesis lejana: es una amenaza que está golpeando la puerta de nuestros puertos.







